Fin al mito del hombre-cazador: las mujeres prehistóricas también daban muerte a grandes presas

By 04/11/2020 Portal

En libros de texto, exposiciones, películas o series, la mayoría de veces que aparecen representadas las sociedades prehistóricas, el hombre tiene un papel de rudo cazador y la mujer de tranquila recolectora que cuida de la prole. Sin embargo, ¿existen verdaderas pruebas de que el reparto de tareas en la antigüedad fue así realmente? La respuesta es no y, de hecho, cada vez más hallazgos apuntan a que los roles masculinos y femeninos fueron mucho más paritarios de lo que pensamos. Ahora, el descubrimiento de los restos de una cazadora de hace 9.000 años en los Andes peruanos apuntala aún más la teoría de que nuestra actual representación de la Prehistoria es más cosa de contrucción cultural de género que de realidad.

La investigación, liderada por un equipo de la Universidad de California, en Davis (EE. UU.) y publicada en «Science Advances», sugiere que las primeras mujeres de América también fueron cazadoras de grandes presas, y que este descubrimiento arqueológico «anula la hipótesis del ‘hombre-cazador’», señala Randy Haas, profesor asistente de antropología y autor principal del estudio.

«Creemos que estos hallazgos son particularmente oportunos a la luz de los actuales debates en torno a las diferentes prácticas laborales género y la desigualdad entre ellas», continúa Haas. «Las representaciones actuales de cazadores-recolectores de la prehistoria tienen un alto grado de división por género, lo que podría llevar a creer a alguien que las desigualdades sexistas en cosas como el salario o el rango son de alguna manera ‘naturales’. Pero ahora está claro que la división sexual del trabajo en el pasado de nuestra especie fue fundamentalmente diferente, probablemente más equitativa».

Una guerrera de Wilamaya Patja
Durante 2018 y 2019, Haas y su equipo estuvieron trabajando en el yacimiento a gran altura de Wilamaya Patjxa. Situado en la cuenca del Lago Titicaca, se trata de un sitio del Periodo Arcaico Temprano y Medio andino, de entre hace 9.000 a 4.000 años de antigüedad, muy importante debido a que arroja pistas de la vida de los primeros habitantes de la sierra interior. Allí encontraron una serie de enterramientos humanos de todas las edades -de hecho, se pudo constatar que a los niños eran tratados de forma diferente que los adultos al morir- y géneros, incluyendo a la mujer guerrera antes mencionada.

Su tumba incluía un juego de herramientas de caza con puntas afiladas para apresar y procesar animales. «Los objetos que acompañan a las personas en la muerte tienden a ser los que los acompañaron en la vida», afirman los investigadores, que en un primer momento no pudieron detallar con exactitud si se trataba de un hombre o una mujer. Fue un tiempo después cuando se aliaron con Tammy Buonasera y Glendon Parker, investigadores de la misma universidad, quienes acaban de descubrir un método para averiguar el sexo por el esmalte dental. Así confirmaron como, efectivamente, se trataba de una mujer.

Además, también se descubrió una firma isotópica distintiva en los huesos que indicaba del consumo de carne por parte de la mujer enterrada, lo que respalda aún más la conclusión de que la guerrera de Wilamaya Patjxa era una cazadora.

Herramientas recuperadas del fondo del foso de entierro, incluidas puntas de proyectil (1 a 7), escamas no modificadas (8 a 10), escamas retocadas (11 a 13), un posible cuchillo con respaldo (14), raspadores de miniaturas (15 y 16), raspadores / picadores (17 a 19), piedras bruñidoras (17, 20 y 21) y nódulos ocre rojo (22 a 24).

Randy Haas / UC Davis
Un patrón más amplio
El sorprendente descubrimiento llevó al equipo a preguntarse si ella era parte de un patrón más amplio de mujeres cazadoras o una «rara avis». Por ello, consultaron registros de entierros del Pleistoceno tardío y del Holoceno temprano en América del Norte y del Sur, hallando 429 individuos de 107 yacimientos. De ellos, 27 individuos estaban asociados con herramientas de caza mayor: 11 eran mujeres y 15 eran hombres. Según los investigadores, esta muestra es suficiente para «garantizar la conclusión de que la participación femenina en la caza mayor temprana probablemente no fue trivial». Además, el análisis identificó a la cazadora Wilamaya Patjxa como el entierro de cazadores (de ambos sexos) más antiguo de América.

El análisis estadístico de la investigación muestra que entre el 30 y el 50 por ciento de los cazadores en estas poblaciones eran mujeres, un porcentaje muy por encima de observado en otras sociedades más modernas (si bien no en todas). El siguiente paso será hallar el punto exacto y la razón por la que la división sexual del trabajo tuvo lugar y sus consecuencias en diferentes momentos y lugares, ya que las costumbres cambian según el tipo de población.

Ellas también pudieron ser artistas y matemáticas
No solo de la caza vive la mujer, ya que también podría haber sido la artífice de las primeras manifestaciones de arte humanas. Así lo sugirió un estudio en 2013 que afirmaba que algunas de las más famosas pinturas rupestres podrían ser en realidad obra de mujeres. Para llegar a esa conclusión, el investigador Dean Snow, de la Universidad de Pennsilvania, comparó las siluetas de las 32 huellas encontradas junto a pinturas rupestres de 12.500 a 40.000 años de antigüedad en el sur de Francia y norte de España, como la cántabra de El Castillo. 24 de ellas podían coincidir con rasgos femeninos (más pequeñas y con una proporción entre los dedos determinada), si bien hubo algo de polémica ya que algunos investigadores señalaron que podrían ser manos de adolescente. Según el investigador, es probable que cada una de las manos estarcidas en las paredes de la cueva perteneciera al artista, no a un modelo.

Por otro lado, se han encontrado útiles en los que hay talladas muescas regulares que podrían significar las primeras matemáticas de la humanidad. Por ejemplo, las famosas placas encontradas en Altamira con huesos hioides de caballo durante la época Solutrense, hace unos 18.500 años, podrían haber servido para contabilizar el mes lunar o el periodo menstrual, ya que tienen todas alrededor de 30 marcas artificiales.