Antonio de Zulueta, el biólogo español olvidado que tradujo a Darwin

By 12/10/2020 Portal

1937, Guerra Civil Española. El reputado biólogo evolutivo y genetista John Burdon Sanderson Haldane, alistado en las Brigadas Internacionales, recala en Madrid, donde aprovecha para visitar el Museo de Ciencias Naturales. A pesar de las circunstancias, el director interino de las instalaciones, Antonio de Zulueta, le muestra las bodegas, en las que sigue empecinado en hacer experimentos con el escarabajo polimórfico
Phytodecta variabilis
, con el que probó la existencia de genes en el y cromosoma y, por tanto, que la herencia genética estaba unida al sexo; su pupilo, el profesor Fernando Galán, se encuentra criando «pepinos explosivos» (
Ecballium elaterium
), muy «apropiados» para el momento.

Mientras los tres charlan sobre ciencia, son interrumpidos por un bombardeo «más severo que cualquiera de los de Londres en 1914-1918», tal y como escribirá el propio Haldane tiempo después en una nota en «Nature». Y acaba: «Creo que la persistencia de Zulueta y Galán en condiciones, por decir lo mínimo, desagradables para la investigación, merece ser registrado y es un buen augurio para el futuro de la biología en España».

Pero no se cumplió el pronóstico del genetista británico: la ciencia española en general, y el museo madrileño en particular, cayeron en un periodo bastante oscuro. Así lo relata «Del elefante a los dinosaurios: 45 de años de historia del Museo Nacional de Ciencias Naturales (1940-1985)», una obra resultado del arduo trabajo de una docena de investigadores del CSIC que intenta, precisamente, arrojar luz y desempolvar figuras que se quedaron injustamente relegadas al cajón del olvido, como el propio Antonio de Zulueta.

«Es un personaje que todos los biólogos de mi generación conocemos y desconocemos en partes iguales», explica Andrés Galera, investigador del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, autor del capítulo destinado a «uno de los mejores genetistas europeos de su época» y responsable de la charla que cerrará el ciclo de conferencias en torno a la nueva publicación del MNCN, el próximo martes, 27 de octubre.

Los inicios de Zulueta

Antonio de Zulueta y Escolano, el pequeño de seis hermanos, nació en Barcelona el 7 de marzo de 1885. Por una enfermedad, y siendo aún un niño, se traslada a vivir al lado del mar, donde empieza a interesarse por los moluscos. Su afición es tal que, sin haber terminado los estudios, es aceptado en una sociedad científica catalana, donde aviva aún más su pasión por la biología. La licenciatura la cursará a caballo entre la ciudad condal y Madrid, en donde finalmente echará raíces. Pero sus ramas próximamente se comenzarán a extender por toda Europa.

«Se paga él mismo la estancia en París -estudiará en la Sorbona- y se mantiene por sus medios hasta que por fin le conceden una beca», cuenta Galera. A finales de la primera década del siglo XX, Zulueta también cursa una beca en el Instituto Koch (Berlín), tomando contacto con los últimos avances de la época. En este momento recibe una llamada del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid para convertirse en conservador, un cargo técnico que sobre todo está dirigido a la docencia de las nuevas generaciones de biólogos que quieren formarse más allá de nuestras fronteras. Acepta, y se plantea el reto de introducir la nueva metodología que ha aprendido en Europa. También funda su laboratorio, cuestión definitoria de su devenir vital. Es aquí cuando empieza su «idilio» con el museo.

Antonio de Zulueta (bata blanca) en el laboratorio de Biología del MNCN.

Imágenes cedidas por la familia Zulueta / MNCN
«Era un profesor generoso, pero también muy exigente. Siempre decía aquello de ‘Esto está bien. Pero podría estar mejor’. Pero no ponía el listón alto solo para los demás, también lo hacía con su propio trabajo». Quizá por esa tendencia al perfeccionismo su traducción de la famosa obra de Charles Darwin, «El origen de las especies», es considerada la mejor edición española de todas las existentes. «Sin embargo, como suele pasar en España, somos expertos en olvidar lo importante y acordarnos de lo anecdótico», reclama Galera. Porque Zulueta fue mucho más que un buen traductor.

Mucho más que el traductor de Darwin
En ese momento se sabía que existían dos tipos de cromosoma: el X -que puede ser aportado por ambos progenitores- y el Y -que solo lo aporta el hombre-. Pero se pensaba que solo el cromosoma X aportaba genes dominantes -es decir, información genética que se acaba manifestando en forma de caracteres-. Zulueta, con una ciencia empírica basada en cruces de especímenes -concretamente los escarabajos Phytodecta variabilis- consiguió demostrar por primera vez y antes que otros investigadores que el cromosoma Y, propio de los machos, también aportaba información genética.

Phytodecta variabilis. Fenotipos amarillo, rojo, negro (muy extenso) y negro (poco extenso)

Imágenes cedidas por la familia Zulueta / MNCN
El catalán se consagró así como uno de los genetistas más importantes de su época, e incluso llama la atención de Thomas Hunt Morgan, autor de la teoría cromosómica de la herencia, que le invita a su laboratorio de California en 1930. Bajo todo este éxito consigue financiación por parte de la familia Rockefeller para financiar y modernizar su laboratorio de Biología, ubicado en un antiguo y destartalado invernadero de la Residencia de Estudiantes de Madrid. Es el momento en el que la genética empieza a despegar y Zulueta quiere que el Museo y la ciencia española tomen parte activa del cambio.

Antonio de Zulueta en Pasadena (California, EEUU) en 1930

Imágenes cedidas por la familia Zulueta / MNCN
La Guerra Civil, un punto de inflexión
Pero entonces estalla la guerra. Aunque es un científico muy reputado y con una carrera prometedora, tanto él como su discípulo Galán deciden quedarse en Madrid, en el museo. Su compromiso es tal que acepta ser director interino cuando el anterior responsable, su amigo Ignacio Bolívar, se marcha a Valencia; así, en septiembre del 36, ya en su nuevo cargo, ordena ocupar el pabellón residencial del director de la Residencia de Estudiantes y colocar allí los laboratorios del Museo. Según transcurre la guerra, el Gobierno de la República decide convertir este edificio como hospital militar, a y Zulueta se opone frontalmente a que sus laboratorios se ocupen con tal fin.

«Él no es un político, es un científico. Y como tal, defiende el museo», afirma Galera. Su familia se ve afectada por la presión de ambos bandos: por un lado, su hijo, periodista en un medio conservador, se exilia a París; por otro, su hermano, Ministro de Azaña y embajador de España en Berlín, acaba exiliado primero a Colombia y luego a Estados Unidos.

Él decide quedarse incluso cuando todo está perdido para los republicanos. Es por ello que le abren un expediente por partida doble: por ser profesor universitario y por haber dirigido el museo. «Lo hacen con todos y algunos salen mejor parados que otros. A Galán también le abren expediente, pero no ven causa; los dos procesos de Zulueta acaban en los años cuarenta, aunque durante ese tiempo está suspendido de empleo y sueldo. Incluso tiene que pedir dinero a su familia», apunta Galera.

La debacle del laboratorio y de Zulueta
Al final, le devuelven su empleo en el laboratorio, donde ejercerá hasta el final de sus días, casi hasta los años 70 -si bien le prohíben ostentar cargos de responsabilidad, sentencia que se cumplirá solo a medias-. Sin embargo, está en un país devastado al que pocos estados, después de la II Guerra Mundial, miran. Florecen nuevas metodologías genéticas para las que Zulueta ya llega tarde, y los personalismos bajo los que se rige la etapa de la posguerra en el museo no ayudan a recobrar el esplendor de épocas pasadas.

Como tantos otros, su nombre se va diluyendo poco a poco en la historia, hasta nuestros días. «Su vida se caracteriza por una eterna lucha por la ciencia y está llena de matices, pero siempre positivos», argumenta Galera, quien ha planeado junto con Carolina Martín y Soraya Peña una exposición sobre la figura de Zulueta con motivo de los ciencuenta años de su fallecimiento. Un reconocimiento para uno de los genetistas españoles más importantes de la historia y trabajó sin descanso incluso bajo las bombas y al lado de los disparos. Quizá sea momento de recuperar el eco de todo aquello.