Cómo el agua determina el mapa político de la Luna

By 26/10/2020 Portal

Igual que ocurrió en África a finales del siglo XIX o en la Antártida a comienzos del XX, con la competición entre distintas potencias por reclamar sus supuestos derechos sobre los territorios que iban «descubriendo», ahora la Luna se sitúa en el centro del escenario de una nueva carrera por situar banderas y garantizar futuribles derechos de explotación de recursos.

NASA confirma la existencia de cantidades significativas de agua en las proximidades de los polos lunares. Estas reservas podrían ser utilizadas tanto para el mantenimiento de bases como para la producción de combustible de naves con otros destinos, lo que podría convertir a la Luna en una verdadera estación de tránsito en la expansión de los seres humanos fuera de nuestro hogar.

La existencia de agua impulsa definitivamente los planes de NASA y de su programa Artemis, cuyo objetivo declarado es desarrollar un asentamiento permanente. Artemis incluye un protocolo para el desarrollo de diversas actividades de manera abierta, segura y pacífica al que ya se han adherido Australia, Canadá, Italia, Japón, Luxemburgo, los Emiratos Árabes Unidos y el Reino Unido.

Dos importantes potencias espaciales, China y Rusia, que prefieren mantener una independencia absoluta, han declinado la participación por distintas razones, lo que no es una sorpresa para nadie. La Agencia Espacial Europea, que tiene su propia estrategia pero también colabora con NASA en el desarrollo de la exploración espacial, incluyendo la Luna, no ha tenido tiempo de pronunciarse al respecto, debido a sus complicadas dinámicas internas.

Francia, con su pujante industria aeroespacial, y la India, una potencia incipiente, no se han pronunciado. Si Naciones Unidas no adquiere un papel más relevante que garantice tanto la letra como el espíritu de colaboración del Tratado del Espacio Exterior, estos posicionamientos podrían terminar degenerando en una carrera que dejaría fuera a los actores más retrasados tecnológicamente y produciría una explotación no deseable de un recurso que pertenece a todos.

Al igual que ocurrió con la Antártida y su tratado internacional, tal vez es el momento de pulsar el botón de pausa y reservar la Luna y el resto de los cuerpos celestes a la ciencia, fomentando la cooperación y el beneficio de la Humanidad en su conjunto.

David Barrado Navascués es profesor de Investigación Astrofísica, Centro de Astrobiología INTA-CSIC