Cómo los habitantes de la isla de Pascua sobrevivieron al aislamiento extremo

By 12/05/2021 Portal

Situada en medio de la nada, a casi 2.300 km del litoral del Chile continental, la isla de Pascua es uno de los lugares más fascinantes del planeta. Este pedazo de tierra sin paisajes excepcionales conserva como mayor valor los moais, unas figuras antropoformas gigantescas de lava volcánica esparcidas por toda su superficie. Su construcción ha dado origen a múltiples teorías, algunas tan descabelladas que incluían la participación de una civilización superior, pero estas esculturas singulares no son el único misterio de la isla.

Los investigadores se han preguntado durante mucho tiempo cómo los rapa nui (nombre índigena que sirve para designar tanto a los lugareños como a la isla) fueron capaces de vivir aislados, probablemente sin contacto con ningún otro grupo humano, desde que se asentaron en Pascua en los siglos XII al XIII hasta la llegada de los europeos en 1722. Durante todo ese tiempo, «una vez que la gente llegaba a la isla, eso era todo. No irían a ningún otro lugar y no entraba nadie más», describe Carl Lipo, profesor de antropología en la Universidad de Binghamton (Nueva York, Estados Unidos). La clave de su solitaria supervivencia, según un estudio internacional del que ha formado parte Lipo, se encuentra en sus complejos patrones comunitarios.

Grupos pequeños
Con forma de triángulo, la Isla de Pascua es pequeña: alrededor de 24 km de largo y un poco más de 11 km de ancho en su punto más grueso. Pero a pesar de su reducido tamaño, Rapa Nui tenía múltiples clanes y pequeñas comunidades que mantenían la separación tanto cultural como física. Por ejemplo, los hallazgos arqueológicos muestra diferencias estilísticas en la creación de artefactos en comunidades a solo 500 metros de distancia. El análisis de ADN e isótopos de los restos físicos de los habitantes, así como las variaciones esqueléticas entre comunidades, también muestran que los individuos no se alejaron mucho ni se casaron fuera de su grupo.

Estas pequeñas comunidades, explican los autores en PLOS ONE, pueden haber sido un baluarte cultural contra un fenómeno conocido como deriva aleatoria, que explora la aparición de rasgos en una población a lo largo del tiempo y cómo estos rasgos pueden cambiar. Esto también se aplica a los rasgos culturales, desde palabras y costumbres específicas hasta formas de hacer cerámica.

Algunos rasgos se transmiten a las generaciones futuras; otros no y acaban por desaparecer. Surgen nuevos rasgos, prácticas o modas (decoración de cerámica, formas de hacer puntas de flecha, estilos de ropa o jerga) y también persisten o se desvanecen en el tiempo. «Estas cosas están cambiando potencialmente con el tiempo debido a las diferencias en la forma en que las personas se copian entre sí», dice Robert DiNapoli, también antropólogo de Binghamton.

Si bien los cambios en la estética pueden no tener un impacto significativo en la viabilidad de una cultura, otros cambios podrían hacerlo. Si una población es lo suficientemente pequeña y aislada, tecnologías importantes y estrategias de supervivencia podrían perderse irrevocablemente.

«Digamos que mi papá murió antes de poder enseñarme tecnología importante y él es la única persona que sabía cómo hacerlo», dice DiNapoli. «Eso puede tener un impacto negativo en una población pequeña y aislada, donde nunca interactuarán con otro grupo de personas que podría devolverles esas ideas», señala.

Los investigadores creen que eso es lo que sucedió en Tasmania, donde los indígenas perdieron prácticas como la pesca que practicaban las poblaciones vecinas en Australia continental. Si bien estas tecnologías perdidas podrían haber demostrado ser beneficiosas para la supervivencia, desaparecieron porque no había suficientes personas para transmitirlas y no había contacto con personas externas que las podrían haber reintroducido.

Existen evidencias de que el aislamiento puede haber llevado a la desaparición de poblaciones en las llamadas ‘islas misteriosas’ del Océano Pacífico. Los registros arqueológicos muestran que los habitantes anteriores abandonaron estas islas o se extinguieron justo en el momento en que disminuyó la interacción con otras islas. «Una hipótesis es que a medida que esos lugares se están volviendo realmente aislados, se vuelve demasiado difícil vivir allí, por la razón que sea», explica Lipo.

Estructura poblacional
La demografía, la cantidad de personas de una población que intercambia ideas entre sí, es importante para impulsar cambios en los rasgos culturales, pero los autores creen que la estructura de esa población también lo es. Según DiNapoli, aunque puede parecer contradictorio, las grandes poblaciones en las que todos interactúan entre sí pueden experimentar una deriva cultural más fuerte. «Mientras que si tienes muchas subpoblaciones pequeñas diferentes, terminas manteniendo más diversidad, porque está secuestrada en estos diferentes subgrupos», dice.

Las poblaciones tradicionales tienden a ser extremadamente conservadoras y evitan el cambio a menos que haya una buena razón para ello. Después de todo, tomar decisiones equivocadas puede tener consecuencias nefastas, recuerdan los autores. «Realmente quieres aferrarte a algo que funcione», dice Lipo. «Si decidiste arriesgarte, plantar cultivos al azar en otro lugar y no funciona, se acabó el juego».

La Isla de Pascua a menudo se ve como un lugar donde las personas tomaron decisiones irracionales que llevaron a su propia desaparición, como talar todos los árboles para construir estatuas gigantes. Los investigadores creen que no sucedió así.

En el contacto europeo, Rapa Nui tenía una población total estimada de 3.000 a 4.000 individuos, divididos en un número desconocido de clanes y comunidades. La mayoría de estas comunidades eran probablemente del tamaño de familias numerosas, quizás varias docenas de personas, que vivían en un espacio que se extendía por varios cientos de metros.

Utilizando modelos informáticos, Lipo y DiNapoli exploraron el impacto de los patrones espaciales distintivos de la isla en la retención de información cultural. En su modelo, ubicaron comunidades alrededor de los ahu, grandes plataformas que eran un centro de actividades ceremoniales. Luego configuraron las formas en que estas comunidades podrían interactuar potencialmente y qué efecto tendrían estas interacciones en la persistencia de diversos rasgos culturales.

Lo que descubrieron es que cuanto mayor es el número de subgrupos con interacción limitada, es más probable que una población retenga información cultural potencialmente beneficiosa, incluso cuando la población total es bastante pequeña.

«Según el modelo de simulación, parece que la estructura de la población es muy importante para impulsar y retener los cambios en la diversidad cultural», dice DiNapoli. «Esto podría potencialmente ser un factor realmente importante para el cambio en la historia de la humanidad en general».

Lección para vivir en Marte
Los europeos transmitieron enfermedades a los rapa nui, que también fueron raptados como esclavos. En 1877, la población de la isla se redujo a solo 111 individuos. Como resultado, gran parte del conocimiento cultural de Rapa Nui se perdió, incluida la capacidad de interpretar rongorongo, un sistema de glifos que puede haber registrado información. Pero sobreviven otras tradiciones, incluidas las canciones, los bailes, el arte de cuerdas utilizado en la narración oral, y el propio idioma rapa nui, que todavía lo hablan los isleños en la actualidad.

«Ciertamente se perdió mucho, pero tenían estos mecanismos para valorar las tradiciones orales y poder transmitirlas», dice Lipo. «Es una supervivencia asombrosa a pesar de las increíbles probabilidades. Se ha escrito mucho sobre el lado negativo y creo que aún no hemos comenzado a apreciar el ingenio de la gente de allí».

Los investigadores creen que el ejemplo de la Isla de Pascua nos puede servir para nuestros futuros viajes de exploración de otros cuerpos planetarios. Proponen imaginar otro intrépido grupo de exploradores, partiendo en sus naves hacia una nueva colonia, a millones de kilómetros de la Tierra. En Marte, estos futuros colonos estarían profundamente aislados. Tendrían que resolver sus propios problemas y asegurar su propia supervivencia, incluida la preservación de los conocimientos y tecnologías necesarios.

«Se convierten en esta isla de Pascua aislada en el medio del espacio -dice Lipo-, ¿qué estructura en Marte necesitarían para mantener la información al máximo en esa comunidad?» La gente de Rapa Nui puede tener algo que enseñar a los futuros colonos marcianos.