¿Cuáles son las peores madres del reino animal?

By 01/11/2020 Portal

Cuidar a las crías es, sin duda, una de las tareas más arduas y en el reino animal disponemos de multitud de madres ejemplares, abnegadas y extraordinarias dispuestas a sacrificar sus vidas por la de sus retoños.

En el nutrido listado habría que incluir –además de a las Homo sapiens- a las osas polares y a las madres orangutanes, que crean uno de los vínculos más fuertes de la naturaleza.

Sin embargo, también tenemos epítomes de madres despreocupadas e infames cuyo cuidado de crías y sentido materno tiene más tintes de tragedia griega que de comedia romántica.

Hijos que no conocen a sus padres
Uno de los primeros lugares, de un supuesto ranking de «malas madres», estaría reservado para la hembra del escarabajo enterrador o necróforo, un habitante habitual de los humedales y ciénagas de Norteamérica.

Cuando la madre encuentra comida alimenta a sus crías que se mueven de un lado a otro demandando manutención. Ella lo hace al azar, cebando a sus voraces criaturas hasta que el alimento se acaba, en ese momento aflora su «yo» ignominioso. No tiene reparos en devorar a las crías que todavía no han recibido nada de comida y que estarían avocadas a una muerte segura.

Menos sanguinarias son las hembras de los megápodos, un grupo de aves galliformes que viven en Nueva Guinea, Indonesia, Filipinas y este de Australia. Estos animales no llegan a incubar sus huevos directamente, lo que hacen es construir un enorme montículo de vegetación –algunos del tamaño de un coche- en descomposición, en donde depositan sus huevos. Estos ciclópeos montículos hacen el papel de incubadoras florales.

Los progenitores controlan la temperatura de la loma añadiendo o quitando vegetación, cuando se produce la eclosión de los huevos excavan una senda para favorecer la salida de los pequeños, los cuales se pierden entre la vegetación sin llegar a conocer a sus progenitores.

Crías que son adoptadas por otras especies
Los osos panda son muy pequeños al nacer–miden unos quince centímetros y pesan apenas cien gramos- por lo que requieren una dedicación máxima por parte de la madre. La hembra se desvive en cuidados y desvelos durante los primeros nueve meses, hasta que llega el momento del destete.

Hasta aquí todo bien. Sin embargo, en alguna ocasión el embarazo es gemelar, nacen dos crías a las que la madre no puede atender como se merecen y, por ello, se ve forzada a abandonar a la segunda a su suerte.

Menos atenciones prestan aún las mariposas, que carecen de cualquier tipo de instinto maternal. Cuando la madre pone sus huevos suele hacerlo en una planta huésped que se encuentre próxima a un hormiguero, con la esperanza de que estos insectos «adopten» a las crías y se hagan cargo de su manutención.

Algunas mariposas –como la hormiguera de los lunares- se ha especializado en la técnica del abandono hasta el punto de secretar una sustancia dulce que atrae a la hormiga roja al recordarle el olor que desprenden sus crías. Es precisamente esta «trampa olfativa» la que propicia que la hormiga arrastre al desconocido hasta su hormiguero y allí lo alimente hasta que se produzca la eclosión.

Parasitismo de puesta
Las lagartijas disponen de la conocida cloaca, una abertura en la que converge su sistema reproductivo, urinario y digestivo. Es posible, tal y como defienden algunos expertos, que sea este el motivo por el cual la especie Sceloporus occidentalis de Yosemite abandone a sus crías nada más nacer, al confundirlas con un excremento.

Seguramente más de uno habrá echado de menos en este singular recorrido por el mundo animal a la hembra del cuco (Cuculus canorus), un ave que es conocida por su tendencia a delegar el cuidado y manutención de sus polluelos en desconocidos.

Sabemos que la hembra levanta el vuelo, se dirige a un nido no vigilado de una especie más pequeña y, una vez allí, se come uno de los huevos ajenos dejando en su lugar el propio.

La verdad es que este parasitismo de puesta no siempre tiene los resultados deseados, a veces los dueños acosan a la hembra del cuco e impiden la puesta, en otras ocasiones tiran el huevo ajeno antes de que llegue a eclosionar o, incluso, abandonan el nido.

M.Jara

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.