Las patentes en España: de un molino al primer eBook

By 21/03/2021 Portal

Los privilegios por invención, esto es, las patentes actuales, fueron iniciados en las repúblicas de Florencia y Venecia en el siglo XV, desde donde se extendieron, durante las centurias siguientes, al resto de los países europeos, como una forma de protección hacia los inventores.

La indefensión a la que se veían expuestos hacía que muchas veces mantuvieran a buen recaudo sus ingenios, alejados de la mirada indiscreta de curiosos plagiadores, lo cual llegaba a entorpecer en más de una ocasión la posibilidad de que se transformasen en una realidad.

El médico de Isabel la Católica
La primera patente de invención registrada en la Corona de Castilla data del año 1478, lo cual la convierte en una de las más antiguas de la Historia, y fue concedida como privilegio otorgado por la reina Isabel I a su médico y físico don Pedro de Azlor, para un sistema de su invención que consistía en la construcción de molinos para “moler pan”.

El documento está fechado en Sevilla -el 24 de febrero- y en él la soberana le otorga la exclusiva explotación del ingenio durante un periodo de veinte años y fija la cantidad que deberán pagar aquellos que se atrevan a reproducir la invención: cincuenta mil maravedíes.

Como vemos el documento, a pesar de su antigüedad, tiene todos los elementos jurídicos básicos de una patente por invención.

Hasta el siglo XIX no se organizó en nuestro país un sistema de patentes, es más, hasta ese momento se continuaron llamando “privilegios de invención”, es decir, recompensas que un rey o una ciudad otorgaba al inventor para que pudiera obtener ingresos por su iniciativa.

También son cosa de mujeres
En 1826 una mujer, Francisca Jaquinet, de nacionalidad gala, registró en España la patente de una «máquina de chimenea económica portátil», en el documento en el que solicitaba la protección del diseño, por espacio de cinco años, dejaba claro que aquella estufa había sido «inventada por su difunto esposo».

Poco tiempo después la madrileña Fermina Orduña se convirtió en la primera fémina en registrar un invento. Lo hizo el 20 de mayo de 1865, más de cuatro siglos después que Azlor, y por un periodo de cinco años.

El invento lo tituló con el ostentoso nombre de «Carruaje para caballerizas para la conducción higiénica de las burras, vacas o cabras de leche para la expedición pública».

Se trataba de un vehículo apto para trasladar al ganado lechero, de forma que se pudiese recortar el tiempo transcurrido desde el ordeño hasta la venta de la leche, optimizando la seguridad alimentaria.

Dos décadas después, en 1889, Candelaria Pérez, una comerciante canaria, obtuvo la patente de una verdadera revolución en el ámbito doméstico: un mueble que incluía una cama combinada con tocador, lavabo, mesilla de noche, bidé y mesa de ajedrez. Un mueble multiuso que seguramente haría las delicias de más de un lector actual.

Una adelantada a su tiempo
En 1949 se registró la patente número 190.968 bajo el título de «procedimiento mecánico, eléctrico y a presión de aire para lectura de libros». Su inventora era una profesora llamada María Ángeles Ruíz-Robles.

En la memoria descriptiva expone los objetivos del invento: innovar la enseñanza para que fuese más intuitiva y amena, conseguir el máximo de conocimientos con un mínimo esfuerzo y adaptar el libro al progreso tecnológico.

Al tratarse de un invento dirigido a los niños, la inventora tuvo en cuenta que no fuese voluminoso ni pesado, y que debería ser fabricado con materiales ligeros (plástico, goma elástica, papel o cartulina).

Su invento se adelantó en varias décadas al del escritor y empresario estadounidense Michael Stern Hart, que disfruta del mérito de haber inventado ‘el primer’ eBook de la historia.

Quizás, sólo quizás, a partir de ahora cuando haya que citar un invento ‘made in Spain’ no será necesario recurrir a la manida fregona de Manuel Jalón.

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.