El microscopio, el invento que llevó a un pañero a hacer uno de los hallazgos más asombrosos de la Historia

By 01/01/2021 Portal

En 1595, en la ciudad flamenca de Mildebourg, el óptico Zacarías Janssen (1583-1638) montó un pequeño aparato –tenía apenas veinticinco centímetros– con lentes en dos tubos de latón que se deslizaban uno dentro del otro. De esta rudimentaria forma fabricó el primer microscopio de la historia.

Varias décadas después nació Antonie van Leeuwenhoek (1632-1723), en la población neerlandesa de Delft, un comerciante de paños llamado a revolucionar la Historia de la Ciencia.

Para ser exactos, se llamaba Thonis Philipszoon, pero como nació en una esquina de la entrada de Delft, la llamada Puerta de León, era conocido como Van Leeuwenhoek, que en holandés significa «desde la esquina del león».

Antonie armonizaba a la perfección el comercio de telas con sus numerosas aficiones, entre las cuales destacaba especialmente una, tallar sus propias lentes a partir de vidrios comunes, lo cual aprendió tras visitar con asiduidad las ópticas de su ciudad natal.

El inglés que acuñó la palabra «célula»
Gracias a estos conocimientos consiguió tallar una lupa de tres aumentos que le sirvió para ver las filas de los hilos de las telas que vendía en su tienda y mejorar la calidad de los tejidos.

En esa época vivía en aquella ciudad el científico inglés Robert Hooke (1635-1703), que compaginaba sus funciones de Pastor de la Nueva Iglesia de Delft con sus observaciones microscópicas y telescópicas.

Fue precisamente este personaje el que diseñó un microscopio –a partir del fabricado por Janssen– con el que pudo distinguir diferentes estados del desarrollo de las hormigas, algunas estructuras anatómicas de las pulgas y esporangios del hongo del género Mucor.

En 1665 Hooke publicó un libro titulado «Micrographia» con dibujos de las imágenes vistas por él a través del microscopio y en donde aparece, por vez primera, la palabra «célula», un vocablo con el que se refería a unas celdillas que había en una laminilla de corcho.

Leeuwenhoek se inspiró en los trabajos del científico inglés para tallar una lente de pequeño tamaño –entre tres y cuatro milímetros de diámetro- con la que consiguió aumentar las imágenes diez veces y ensamblar en el agujero de la parte superior de una platina metálica.

La primera persona que vio bacterias
El pañero se quedó maravillado al ver moverse –quizás deberíamos decir retorcerse– seres vivos pequeñitos en una gota de agua de lluvia recogida en una tinaja. Tras enseñar sus observaciones a su hija María bautizó su descubrimiento como «animálculos».

Durante los días siguientes se dedicó a dibujar con todo tipo de detalles los ciliados, rotíferos, flagelados, euglenas y algas que observaba a través de su microscopio.

A continuación, el comerciante holandés informó de sus hallazgos a la Royal Society de Londres, la institución científica más importante de Europa en aquellos momentos. Lo hizo con enorme prudencia y humildad, tal y como puede desprenderse de la lectura de la carta que les remitió:

«Si su señoría cree que estas observaciones pueden molestar o escandalizar a los eruditos, le ruego encarecidamente a su señoría que las considere privadas y que las publique o destruya como lo considere oportuno».

Del medio millar de microscopios que Leeuwenhoek fabricó a lo largo de su vida desgraciadamente, se conserva, apenas, una decena. Son piezas de latón y plata con lentes de entre sesenta y ocho y más de doscientos aumentos.

M. Jara

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación